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viernes, 26 de enero de 2018

HOY EN NUESTRA PELÍCULA DE LOS VIERNES, OS RECOMENDAMOS: LADYBIRD, LADYBIRD

LA PELÍCULA DE LOS VIERNES

ladybird, ladybird

Año: 1994
Duración: 102 Minutos
Dirección: Ken Loach
Música: George Fenton 
Fotografía: Barry Ackroyd
Reparto: Crissy Rock, Vladimir Vega, Ray Winstone, Sandie Lavelle, Mauricio Venegas, Clare Perkins, Jason Stracey.
Género:  Drama. Basado en hechos reales. Drama social
Sinopsis: Maggie tiene cuatro hijos, todos de distintos padres y que, debido al violento ambiente familiar, están a cargo de los servicios sociales británicos. Cuando Magguie conoce a Jorge, un refugiado hispanoamericano, vislumbra la posibilidad de rehacer por fin su hogar. Sin embargo, su pasado sigue atormentándola. Una vez involucrada en la burocracia del trabajo social, le resultará muy difícil conseguir la custodia de sus hijos, pero Maggie no se da por vencida.
Premios: 
1994: Festival de Berlín: Oso de Plata- Mejor actriz (Crissy Rock).
1994: Festival de Chicago: Hugo de Plata- Mejor actriz (Crissy Rock) 
1994:Círculo de Críticos de Nueva York: Nominada a mejor actriz (Crissy Rock)
1994: Premios Independent Spirit: Nominada a Mejor película extrajera
Algunas críticas:
-Pilar Cuesta (Sensacine):  Ladybird, Ladybird se engloba en una serie de películas realizadas por el cineasta británico Ken Loach para diseccionar las miserias y las injusticias de su país, en este caso de los servicios sociales 
La protagonista es una mujer con 4 hijos que trata de sobrevivir y salir adelante en medio de una odisea de problemas, buscando la estabilidad sentimental e intentando mantener a sus hijos a su lado pese a que los servicios sociales le dan la espalda.
El filme se inscribe en la corriente del realismo social, toma partido por su víctima y ofrece un retrato descarnado pero maniqueo de su vida.

-Fernando Morales (Diario El País): Desgarradora crítica del sistema. Basada en un hecho real. Un buen ejemplo del cine europeo de alta escuela.

-Clara Mallo (Izquierda Diario.es): Maggie es víctima de la pobreza y la violencia familiar. Hija de una mujer maltratada, de adulta sufre la violencia por parte de sus parejas. Para resistir a los malos tratos, logra escapar con sus cuatro hijos, pero lejos de recibir un apoyo social por parte de las instituciones, solo encuentra un tremendo rechazo. Maggie, desesperada, es juzgada como una mujer despreciable, una mala madre y una mala compañera.
Podríamos hablar de multitud de violencias contra las mujeres. La violencia laboral, el acoso sexual, la violencia física, todas ellas son síntomas de un sistema opresor y tremendamente desigual. Ladybird, Ladybird pone sobre la mesa la violencia institucional y social. Nos muestra que la violencia hacia las mujeres atraviesa el sistema desde todas sus aristas. Las mujeres trabajadoras son uno de los colectivos que más sufren esta violencia social e institucional de un sistema que las oprime, más aún en tiempos de crisis.

TRABAJO SOCIAL A TRAVÉS DEL CINE: 
Trabajo Social, Burocracia, Prejuicios y Control
La película se desarrolla en el contexto británico de los años 90. Son muchos los temas de interés que aborda esta película: mujer, maternidad, violencia de género, menores, la intervención del estado en la vida privada, el rol de los servicios sociales, etc. 
Ser madre soltera en los 90 no estaba muy bien visto, y además tener varios hijos de diferentes padres tampoco. A esto se le suma la cuestión de ser "buena o mala" madre, algo que se pretende resolver el Estado, a través de los Servicios Sociales, desde un enfoque bastante cuestionable. 
Por otro lado nos encontramos con el rol de lo servicios sociales. La continua vigilancia que recibe la protagonista nos plantea varias cuestiones. ¿Dónde están los límites? ¿Cual es la situación actual de los Servicios Sociales en ese sentido?
La violencia de género que sufre Maggie es un tema que actualmente sigue en la calle, una situación que sufren muchas mujeres. ¿Tienen la protección suficiente? Al ser un problema estructural, ¿Se han tratado temas de educación para eliminarlo? 
Tampoco podemos olvidar el trato hacia el inmigrante, trabajos precarios y poca confianza por parte del sistema y de la sociedad en ellos.
Esta película nos ofrece una visión bastante cuestionable de los Servicios Sociales como mecanismo de control de la vida privada de las personas por parte del Estado que choca con los los derechos individuales de la ciudadanía. Como decíamos antes... ¿Dónde están los límites?



Consulta el Trailer aquí: 


jueves, 31 de marzo de 2016

"Ser pobre es una mierda": Lección magistral de Roger Senserrich que brindamos a nuestros estudiantes de Trabajo Social

Hace ahora un año leímos el artículo del politólogo Roger Senserrich que tituló así, tal cual, Ser pobre es una mierda. Son muchas las veces que lo hemos recordado por el impacto que nos causó el titular, que nos bajó de un plumazo a tierra. 

Hoy hemos querido rescatarlo porque creemos que es una lección magistral que no podemos dejar pasar de ofrecer a nuestros estudiantes. Es una magnífica reflexión que os invitamos a leer y que, estamos seguras, os dará que pensar y os acompañará -dependiendo de vuestra sensibilidad, por supuesto- durante varios días en la cabeza, si os dedicáis a la profesión de Trabajo Social.

Senserrich nos cuenta en su artículo cómo juzgó a una madre, con sus dos hijos, porque solicitaba ayudas económicas cuando en la casa tenían teléfono, internet y TV por cable y qué pasó cuando se dio cuenta del desacierto... ¡el mediador entre el sistema y los pobres -cuasi delincuentes- estaba sentenciando la amoralidad de sus "clientes"!

"Hace unos años mi trabajo consistía en ayudar a familias con pocos ingresos a rellenar el papeleo para pedir servicios sociales.
En un país normal, donde el Estado no se dedica a juzgar la catadura moral de sus ciudadanos pobres, este es un trámite relativamente sencillo. Hay papeleo, sí, pero la mayoría de servicios como sanidad o acceso a guarderías públicas o bien son o bien aspiran a ser universales. Más allá de demostrar que tienes un pulso y confirmar que no eres un asesino en serie perseguido por la justicia, la Administración tiende a dejarte en paz.
Esto no es así en Estados Unidos. Cualquier persona de pocos ingresos que tenga que pedir alguna clase de ayuda, por desesperada que esté, tiene que rellenar una cantidad francamente deprimente de formularios, a menudo adjuntando una montaña enorme de documentación. Impresos de más de veinte páginas no son en absoluto inusuales, así como largas tardes al teléfono intentando convencer a un aburrido funcionario de servicios sociales de que es poco realista pedirle a un indigente una copia de su carnet de conducir y el teléfono de su casero, por mucho que esa sea una de las preguntas marcadas como obligatorias en la sección 5B.
A efectos prácticos, lo cierto es que me pasé meses de mi vida esencialmente rellenando formularios a cientos de personas de muy mal humor, siempre preguntándoles cosas privadas, embarazosas o directamente insultantes. Dice mucho de la paciencia y buena voluntad de la gente de Nueva Inglaterra que nadie me soltara una bofetada y que solo un par de veces se me liaran a gritos, porque realmente estaba haciéndoles un examen sobre sus vidas. Por muy buena voluntad que le pusiera, sin embargo, el tener que pensar sobre quién cumplía los requisitos para acceder a sanidad, cupones de alimentos y demás día sí día también acababa por hacer que juzgara a estas personas, aunque fuera un poquito. Siempre me contuve, intentando ser educado.
Hasta que un día me pasé de listo.
Era una mañana de junio y estaba en una pequeña ONG en New Haven, en un barrio hispano no demasiado agradable. Dos citas no se habían presentado, y no estaba de muy buen humor. Llevaba un rato sin clientes, aburrido en un despacho desvencijado leyendo artículos sobre trenes en internet. Fue entonces cuando llegó una mujer que no llegaba a la treintena, puertorriqueña, con sus dos hijos pequeños a cuestas, a ver si podía apuntarse al seguro médico y cupones de alimentos.
Un poco irritado, saqué el cuestionario y me puse a hacer toda la horrible batería de preguntas, inquiriendo sobre dónde vivía, dónde trabajaba, cuánto ganaba, cuántos ahorros tenía, qué coche conducía, si tenía historial delictivo, dónde vivía el padre de sus niños, y pidiendo que me detallara su situación familiar. Ser pobre a menudo significa someterse a estas pequeñas humillaciones, tristemente, e intenté ser amable, incluso con dos críos chillones interrumpiéndome en un despacho lleno de cachivaches.
Fue al preguntar sobre sus gastos cuando me pasé de listo. Por una serie de motivos regulatorios obtusos que no vienen a cuento, en la solicitud era necesario detallar cuánto se paga de alquiler, electricidad, calefacción, etcétera, no sea que alguien esté pidiendo ayuda sin pasar suficiente hambre. La factura de teléfono del mes pasado para esta pobre chica era de más de cien dólares, ya que además de teléfono e internet tenían contratada televisión por cable. No era la primera vez que me encontraba a alguien que no llegaba a final de mes con estos gastos, y siempre me callaba. Esta vez, sin embargo, no pude evitar juzgarla y decirle, con bien poco tacto, que quizás harían bien en ahorrar ese dinero en vez de malgastarlo en un lujo innecesario.
Por muy buena cara que la pobre mujer hubiera estado poniendo hasta entonces, esa fue la gota que colmó el vaso. Primero se quedó quieta, mirándome fijamente, frunciendo el ceño. Tras unos segundos de silencio, pidió a sus dos chavales que salieran fuera un ratito, que ya casi estaban. Una vez se fueron los niños, cerró la puerta y rompió a llorar, contándome entre sollozos que sabía que era un lujo, que sabía que era tirar dinero, pero que no podía hacerlo ya que sus hijos la odiarían por ello.
Ser pobre, me contó, es no poder hacer nada, nada en absoluto; es no poder ir a comer fuera, no poder llevar a los niños al cine, no poder comprarles juguetes o llevarlos a la ciudad. Es no poder apuntarlos a actividades extraescolares, porque no podía salir temprano de uno de sus dos trabajos para ir a recogerlos. Desde que recordaba, la palabra que más había repetido a sus hijos era «no». Dejarles sin Spongebob, sin poder hacer nada más que sentarse a mirar la pared cuando estaban en casa era demasiado. Y por supuesto, no era solo por sus hijos. Sin televisión, sin ese pequeño lujo que apenas podía pagar, no se veía capaz de aguantar esos días que volvía del trabajo a las once de la noche, cansada y oliendo a McDonalds, sin perder la cabeza. Ver la novela grabada y fumarse un cigarrillo. Era eso o no poder más.
La había juzgado, obviamente. Había juzgado que ese pequeño lujo, ese gasto innecesario, era una muestra de su falta de disciplina, de la falta de criterio que la había hecho pobre. Tenía dos hijos, estaba sola, fumaba y encima quería ver Dexter en la tele. No era digna.
Lo que no estaba viendo es que esta mujer, aún no llegada a la treintena, tenía dos empleos a tiempo parcial, dos niños llenos de energía y absolutamente nadie que la ayudara. No se había tomado unas vacaciones desde hacía años, y no sabía si temía más el verano porque no sabía dónde iba a meter a sus hijos mientras estaba en el trabajo, o porque le iban a reducir las horas en el curro y no podría pagar el alquiler. Su cansancio no era la clase de agotamiento que se va con una buena noche de sueño. Su cansancio era el de estar muerta de miedo todo el día, de forma constante, sin pausa, harta de que todo el mundo la vea como una fracasada y rota por dentro por la sospecha de que quizás tuvieran razón.
La pobreza es una mierda. Se ha hablado mucho estos días en Estados Unidos sobre si existe una «cultura de la pobreza», sobre si la gente con pocos ingresos lo que necesitan es menos servicios sociales que les rían las gracias y más lecciones sobre fortaleza moral. Ojalá fuera tan sencillo. La realidad es que cualquier persona medio normal que viva bajo los niveles de estrés, angustia y temor de estar cerca de la pobreza no tendrá las más mínimas ganas de que alguien le explique sus errores. Sencillamente estará demasiado agotado para prestarle atención.
Hay un libro sobre este tema absolutamente fascinante, publicado hace unos meses, llamado Scarcity: The New Science of Having Less and How It Defines Our Lives, de Senil Mullainathan y Eldar Shafir. El foco de los autores, su pregunta inicial, es explicar por qué los pobres toman decisiones que a menudo parecen irracionales. Por qué compran alcohol, juegan a la lotería, fuman o tienen televisión por cable. Por qué no ahorran y prefieren comprarse un televisor LED de cincuenta pulgadas a abrir una cuenta de ahorros.
Su conclusión, basada en una cantidad tremenda de evidencia empírica, es que los humanos tenemos un «ancho de banda» limitado a la hora de procesar información y tomar decisiones. Podemos atender unas pocas cosas a la vez, podemos preocuparnos por un número limitado de proyectos, pero llegado un determinado nivel de actividad y problemas que confrontar no damos más de sí. El «ancho de banda» disponible, sin embargo, no depende demasiado de la inteligencia o talento de cada individuo, sino que está fuertemente influenciado por el contexto. Alguien sin preocupaciones inmediatas puede procesar una cantidad considerable de información y tomar decisiones a largo plazo.

Cuando alguien afronta una situación de escasez material inmediata, sin embargo, su capacidad cognitiva se concentra en responder a esa amenaza, a ese riesgo inmediato, dejando de lado cualquier otro problema a afrontar. Alguien en la pobreza tiende a vivir obsesionado por lo inmediato, por el problema que tiene justo ahora mismo al frente. No hace planes sencillamente porque su cerebro no le deja pensar en nada más. Es una respuesta primaria, el cerebro de cazador-recolector obsesionándose con su necesidad imperativa de supervivencia. Y lo es hasta el punto de producir una reducción de la capacidad de razonamiento medible y verificable; un descenso del coeficiente intelectual de quince puntos solo por estar sufriendo ese estrés. Para haceros una idea, es el equivalente a tener que tomar decisiones tras una noche sin dormir.
La experiencia de la pobreza, el día a día de no saber cómo vas a pagar el alquiler, no saber qué vas a hacer con tus hijos, no saber cómo vas a poder alargar los treinta dólares para una compra que te llegue hasta el viernes, es algo increíblemente duro. Es angustioso para los adultos que viven en este mundo, y es aún peor para los hijos que crecen en una familia así, con padres que viven abrumados por este miedo constante. Para un niño crecer en un contexto de estrés tóxico, de inestabilidad familiar, padres agotados, gritos constantes y el temor constante de perderlo todo es extraordinariamente doloroso, especialmente durante la primera infancia. Crecer con algo parecido a estrés postraumático hace que salir de ese pozo sea algo mucho más difícil (las habilidades de aprendizaje se resienten, peores habilidades sociales, falta de modelos), perpetuando aún más el problema.
Cuando hablamos de pobreza, por tanto, nunca podemos olvidar lo extraordinariamente duro que es sufrirla. No estamos hablando de vivir en pisos pequeños, comer mal, no ir al cine o estar en un barrio feo de la ciudad. Estamos hablando de miedo, angustia y temor constantes, a menudo en solitario, sin que nadie se digne a prestarte atención.
Afortunadamente, sabemos cómo reducir la pobreza: el estado de bienestar puede hacerlo, y funciona bien en muchos países. El problema en España es que nuestro estado de bienestar no cumple con su cometido en absoluto. Pero de eso, me temo, hablaremos en otro artículo".


Fuente: Ser pobre es una mierda. Roger Senserich. 
http://www.jotdown.es/2015/03/ser-pobre-es-una-mierda