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jueves, 31 de marzo de 2016

"Ser pobre es una mierda": Lección magistral de Roger Senserrich que brindamos a nuestros estudiantes de Trabajo Social

Hace ahora un año leímos el artículo del politólogo Roger Senserrich que tituló así, tal cual, Ser pobre es una mierda. Son muchas las veces que lo hemos recordado por el impacto que nos causó el titular, que nos bajó de un plumazo a tierra. 

Hoy hemos querido rescatarlo porque creemos que es una lección magistral que no podemos dejar pasar de ofrecer a nuestros estudiantes. Es una magnífica reflexión que os invitamos a leer y que, estamos seguras, os dará que pensar y os acompañará -dependiendo de vuestra sensibilidad, por supuesto- durante varios días en la cabeza, si os dedicáis a la profesión de Trabajo Social.

Senserrich nos cuenta en su artículo cómo juzgó a una madre, con sus dos hijos, porque solicitaba ayudas económicas cuando en la casa tenían teléfono, internet y TV por cable y qué pasó cuando se dio cuenta del desacierto... ¡el mediador entre el sistema y los pobres -cuasi delincuentes- estaba sentenciando la amoralidad de sus "clientes"!

"Hace unos años mi trabajo consistía en ayudar a familias con pocos ingresos a rellenar el papeleo para pedir servicios sociales.
En un país normal, donde el Estado no se dedica a juzgar la catadura moral de sus ciudadanos pobres, este es un trámite relativamente sencillo. Hay papeleo, sí, pero la mayoría de servicios como sanidad o acceso a guarderías públicas o bien son o bien aspiran a ser universales. Más allá de demostrar que tienes un pulso y confirmar que no eres un asesino en serie perseguido por la justicia, la Administración tiende a dejarte en paz.
Esto no es así en Estados Unidos. Cualquier persona de pocos ingresos que tenga que pedir alguna clase de ayuda, por desesperada que esté, tiene que rellenar una cantidad francamente deprimente de formularios, a menudo adjuntando una montaña enorme de documentación. Impresos de más de veinte páginas no son en absoluto inusuales, así como largas tardes al teléfono intentando convencer a un aburrido funcionario de servicios sociales de que es poco realista pedirle a un indigente una copia de su carnet de conducir y el teléfono de su casero, por mucho que esa sea una de las preguntas marcadas como obligatorias en la sección 5B.
A efectos prácticos, lo cierto es que me pasé meses de mi vida esencialmente rellenando formularios a cientos de personas de muy mal humor, siempre preguntándoles cosas privadas, embarazosas o directamente insultantes. Dice mucho de la paciencia y buena voluntad de la gente de Nueva Inglaterra que nadie me soltara una bofetada y que solo un par de veces se me liaran a gritos, porque realmente estaba haciéndoles un examen sobre sus vidas. Por muy buena voluntad que le pusiera, sin embargo, el tener que pensar sobre quién cumplía los requisitos para acceder a sanidad, cupones de alimentos y demás día sí día también acababa por hacer que juzgara a estas personas, aunque fuera un poquito. Siempre me contuve, intentando ser educado.
Hasta que un día me pasé de listo.
Era una mañana de junio y estaba en una pequeña ONG en New Haven, en un barrio hispano no demasiado agradable. Dos citas no se habían presentado, y no estaba de muy buen humor. Llevaba un rato sin clientes, aburrido en un despacho desvencijado leyendo artículos sobre trenes en internet. Fue entonces cuando llegó una mujer que no llegaba a la treintena, puertorriqueña, con sus dos hijos pequeños a cuestas, a ver si podía apuntarse al seguro médico y cupones de alimentos.
Un poco irritado, saqué el cuestionario y me puse a hacer toda la horrible batería de preguntas, inquiriendo sobre dónde vivía, dónde trabajaba, cuánto ganaba, cuántos ahorros tenía, qué coche conducía, si tenía historial delictivo, dónde vivía el padre de sus niños, y pidiendo que me detallara su situación familiar. Ser pobre a menudo significa someterse a estas pequeñas humillaciones, tristemente, e intenté ser amable, incluso con dos críos chillones interrumpiéndome en un despacho lleno de cachivaches.
Fue al preguntar sobre sus gastos cuando me pasé de listo. Por una serie de motivos regulatorios obtusos que no vienen a cuento, en la solicitud era necesario detallar cuánto se paga de alquiler, electricidad, calefacción, etcétera, no sea que alguien esté pidiendo ayuda sin pasar suficiente hambre. La factura de teléfono del mes pasado para esta pobre chica era de más de cien dólares, ya que además de teléfono e internet tenían contratada televisión por cable. No era la primera vez que me encontraba a alguien que no llegaba a final de mes con estos gastos, y siempre me callaba. Esta vez, sin embargo, no pude evitar juzgarla y decirle, con bien poco tacto, que quizás harían bien en ahorrar ese dinero en vez de malgastarlo en un lujo innecesario.
Por muy buena cara que la pobre mujer hubiera estado poniendo hasta entonces, esa fue la gota que colmó el vaso. Primero se quedó quieta, mirándome fijamente, frunciendo el ceño. Tras unos segundos de silencio, pidió a sus dos chavales que salieran fuera un ratito, que ya casi estaban. Una vez se fueron los niños, cerró la puerta y rompió a llorar, contándome entre sollozos que sabía que era un lujo, que sabía que era tirar dinero, pero que no podía hacerlo ya que sus hijos la odiarían por ello.
Ser pobre, me contó, es no poder hacer nada, nada en absoluto; es no poder ir a comer fuera, no poder llevar a los niños al cine, no poder comprarles juguetes o llevarlos a la ciudad. Es no poder apuntarlos a actividades extraescolares, porque no podía salir temprano de uno de sus dos trabajos para ir a recogerlos. Desde que recordaba, la palabra que más había repetido a sus hijos era «no». Dejarles sin Spongebob, sin poder hacer nada más que sentarse a mirar la pared cuando estaban en casa era demasiado. Y por supuesto, no era solo por sus hijos. Sin televisión, sin ese pequeño lujo que apenas podía pagar, no se veía capaz de aguantar esos días que volvía del trabajo a las once de la noche, cansada y oliendo a McDonalds, sin perder la cabeza. Ver la novela grabada y fumarse un cigarrillo. Era eso o no poder más.
La había juzgado, obviamente. Había juzgado que ese pequeño lujo, ese gasto innecesario, era una muestra de su falta de disciplina, de la falta de criterio que la había hecho pobre. Tenía dos hijos, estaba sola, fumaba y encima quería ver Dexter en la tele. No era digna.
Lo que no estaba viendo es que esta mujer, aún no llegada a la treintena, tenía dos empleos a tiempo parcial, dos niños llenos de energía y absolutamente nadie que la ayudara. No se había tomado unas vacaciones desde hacía años, y no sabía si temía más el verano porque no sabía dónde iba a meter a sus hijos mientras estaba en el trabajo, o porque le iban a reducir las horas en el curro y no podría pagar el alquiler. Su cansancio no era la clase de agotamiento que se va con una buena noche de sueño. Su cansancio era el de estar muerta de miedo todo el día, de forma constante, sin pausa, harta de que todo el mundo la vea como una fracasada y rota por dentro por la sospecha de que quizás tuvieran razón.
La pobreza es una mierda. Se ha hablado mucho estos días en Estados Unidos sobre si existe una «cultura de la pobreza», sobre si la gente con pocos ingresos lo que necesitan es menos servicios sociales que les rían las gracias y más lecciones sobre fortaleza moral. Ojalá fuera tan sencillo. La realidad es que cualquier persona medio normal que viva bajo los niveles de estrés, angustia y temor de estar cerca de la pobreza no tendrá las más mínimas ganas de que alguien le explique sus errores. Sencillamente estará demasiado agotado para prestarle atención.
Hay un libro sobre este tema absolutamente fascinante, publicado hace unos meses, llamado Scarcity: The New Science of Having Less and How It Defines Our Lives, de Senil Mullainathan y Eldar Shafir. El foco de los autores, su pregunta inicial, es explicar por qué los pobres toman decisiones que a menudo parecen irracionales. Por qué compran alcohol, juegan a la lotería, fuman o tienen televisión por cable. Por qué no ahorran y prefieren comprarse un televisor LED de cincuenta pulgadas a abrir una cuenta de ahorros.
Su conclusión, basada en una cantidad tremenda de evidencia empírica, es que los humanos tenemos un «ancho de banda» limitado a la hora de procesar información y tomar decisiones. Podemos atender unas pocas cosas a la vez, podemos preocuparnos por un número limitado de proyectos, pero llegado un determinado nivel de actividad y problemas que confrontar no damos más de sí. El «ancho de banda» disponible, sin embargo, no depende demasiado de la inteligencia o talento de cada individuo, sino que está fuertemente influenciado por el contexto. Alguien sin preocupaciones inmediatas puede procesar una cantidad considerable de información y tomar decisiones a largo plazo.

Cuando alguien afronta una situación de escasez material inmediata, sin embargo, su capacidad cognitiva se concentra en responder a esa amenaza, a ese riesgo inmediato, dejando de lado cualquier otro problema a afrontar. Alguien en la pobreza tiende a vivir obsesionado por lo inmediato, por el problema que tiene justo ahora mismo al frente. No hace planes sencillamente porque su cerebro no le deja pensar en nada más. Es una respuesta primaria, el cerebro de cazador-recolector obsesionándose con su necesidad imperativa de supervivencia. Y lo es hasta el punto de producir una reducción de la capacidad de razonamiento medible y verificable; un descenso del coeficiente intelectual de quince puntos solo por estar sufriendo ese estrés. Para haceros una idea, es el equivalente a tener que tomar decisiones tras una noche sin dormir.
La experiencia de la pobreza, el día a día de no saber cómo vas a pagar el alquiler, no saber qué vas a hacer con tus hijos, no saber cómo vas a poder alargar los treinta dólares para una compra que te llegue hasta el viernes, es algo increíblemente duro. Es angustioso para los adultos que viven en este mundo, y es aún peor para los hijos que crecen en una familia así, con padres que viven abrumados por este miedo constante. Para un niño crecer en un contexto de estrés tóxico, de inestabilidad familiar, padres agotados, gritos constantes y el temor constante de perderlo todo es extraordinariamente doloroso, especialmente durante la primera infancia. Crecer con algo parecido a estrés postraumático hace que salir de ese pozo sea algo mucho más difícil (las habilidades de aprendizaje se resienten, peores habilidades sociales, falta de modelos), perpetuando aún más el problema.
Cuando hablamos de pobreza, por tanto, nunca podemos olvidar lo extraordinariamente duro que es sufrirla. No estamos hablando de vivir en pisos pequeños, comer mal, no ir al cine o estar en un barrio feo de la ciudad. Estamos hablando de miedo, angustia y temor constantes, a menudo en solitario, sin que nadie se digne a prestarte atención.
Afortunadamente, sabemos cómo reducir la pobreza: el estado de bienestar puede hacerlo, y funciona bien en muchos países. El problema en España es que nuestro estado de bienestar no cumple con su cometido en absoluto. Pero de eso, me temo, hablaremos en otro artículo".


Fuente: Ser pobre es una mierda. Roger Senserich. 
http://www.jotdown.es/2015/03/ser-pobre-es-una-mierda    

domingo, 7 de noviembre de 2010

"El Servicio de Ayuda a Domicilio en la encrucijada" de Gustavo García (Ed.)


"Abogamos por un único servicio integral de Ayuda a Domicilio que sea compatible con el resto de prestaciones y servicios de la Ley de Dependencia. Hay que vincular, de manera imperativa, los cuidados no profesionales a servicios profesionalizados de Ayuda a Domicilio o Centro de Día".

Con esta declaración de intenciones se presenta el libro titulado "El Servicio de Ayuda a Domicilio en la encrucijada" de Gustavo A. García Herrero (redactor), editado por la Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales con la colaboración del Consejo General de Colegios de Diplomados en Trabajo Social.

El volumen es gratuíto y no requiere de autorización expresa para su difusión siempre que se indique su autoría.Si quieres una copia en PDF a vuleta de correo electrónico, solo tienes que solicitarlo en el correo de la Asociación Estatal de Directores de Gerentes de Servicios Sociales (directoressociales@hotmail.com) o en Aurelio.Lascorz@uclm.es

Reproducimos la Introducción del libro:

El Servicio de Ayuda a Domicilio es uno de los servicios sociales más emblemáticos desde que comienzan a desarrollarse estos servicios a comienzo de los años 80 en nuestro país. Posteriormente fue conceptualizado como una de las Prestaciones Básicas de Servicios Sociales en el Plan Concertado, e incluido en el acuerdo de financiación de mínimos que este Plan contemplaba, entre la Administración General del Estado, las Comunidades Autónomas y las Corporaciones Locales. A pesar de ello, y de lo extendido que se encuentra en todo el territorio, ya que prácticamente todos los municipios cuentan con este servicio, no ha llegado a alcanzar los niveles de cobertura que existen en otros países europeos.

Por eso, la aprobación de la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de promoción de la autonomía personal y atención a las personas en situación de dependencia, parecía que iba a suponer el definitivo impulso a este servicio, que es uno de los incluidos en su catálogo, al configurarlo como un derecho subjetivo de ciudadanía, algo de lo que hasta este momento adolecía.

Sin embargo, después de tres años de implantación del Sistema de Atención a la Dependencia que nace para desarrollar esta Ley, el Servicio de Ayuda a Domicilio, lejos de consolidarse y extenderse, tanto en su cobertura como en sus contenidos, está sufriendo una profunda crisis que afecta no sólo a cuestiones operativas sino al concepto mismo del servicio.

La baja prescripción de este servicio, casi nula en varias Comunidades Autónomas ¡después de más de tres años de implantación del Sistema de Atención a la Dependencia!, o los variados intentos por poner en marcha nuevas modalidades de prestación y organización del servicio, son buenos indicadores de esta crisis.Pero la crisis constituye también la oportunidad para llevar a cabo una profunda reflexión y un replanteamiento del servicio de ayuda a domicilio, del que este servicio puede (y debe) salir reforzado. Las referencias para esta transformación han de ser: las nuevas condiciones y necesidades sociales, muy distintas a aquellas que existían en los años 80, cuando se inició en España la implantación del servicio de ayuda a domicilio.

El nuevo contexto institucional, definido por la consideración del servicio de ayuda a domicilio como una prestación para hacer efectivo el derecho subjetivo de ciudadanía, tras su inclusión en el catálogo de la Ley de la
Dependencia. Dos referencias y un principio que debe guiar toda reflexión sobre este servicio: Con estas referencias y con esta declaración de principios, desde la Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales iniciamos un proceso de reflexión que tuvo su puesta en común en las Jornadas celebradas en Zaragoza en febrero de 2009. Como es práctica en esta Asociación, tales Jornadas estuvieron precedidas de un proceso de reflexión y elaboración desde diversos enfoques o aspectos del servicio de ayuda a domicilio. Y tras su celebración, la reflexión continuó a partir de los debates y documentos aportados en ellas, orientadas ya a la elaboración de este documento.

Unos debates que se abrieron a otras entidades y organizaciones, como Colegios Profesionales y organizaciones empresariales, que han aportado perspectivas de especial interés para la elaboración final del documento.

Se incorporan también, en forma de Anexos, una serie de documentos sobre los aspectos más importantes para la organización y gestión del SAD,como el empleo, la calidad, los derechos de los usuarios, los costes y la acreditación, elaborados por organizaciones y empresas de especial relevancia en cada uno de estos aspectos.
Su publicación y distribución pretenden aportar estas reflexiones y documentos para que sean útiles a quienes desde sus responsabilidades profesionales o institucionales pueden adoptar las decisiones que de manera efectiva realicen, con racionalidad, los inevitables cambios que el servicio de ayuda a domicilio requiere en la encrucijada actual.

La Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales agradece a todas las personas, organizaciones y empresas que han participado con sus reflexiones o con sus aportaciones en este documento. A lo largo del proceso hemos ido descubriendo la utilidad de compartir perspectivas diferentes, de abrir un debate franco sobre diferentes enfoques, experiencias y, porqué no, intereses. Siempre que por encima de ellos esté presente el
interés de las personas destinatarias del SAD, y con el objetivo de mejorar la organización, los contenidos, la calidad y la eficiencia del Servicio.

Datos de cobertura del Servicio de Ayuda a Domicilio (año 2008):
• 432.000 personas reciben el SAD
• Un 5,6 % de las personas mayores de 65 años reciben este servicio
• Tiene una facturación anual de 1.088 millones de €. El crecimiento respecto al año anterior fue del 15,7 %. Entre 2008 y 2011 se prevén crecimientos del 13,3, 14,7 y 13,5 % respectivamente.
Fuente. DBK, S.A.

martes, 28 de septiembre de 2010

CRÓNICA sobre las XXI Jornadas Españolas de Terapia Familiar: "Pensamiento y Acción Sistémicos en la Comunidad"

“La competencia parental puede transformarse en incompetencia por la intervención de las agencias sociales”

Estas interesantes palabras fueron pronunciadas por el psicólogo argentino Jorge Colapinto (se recomienda la lectura de sus múltiples conferencias en http://www.colapinto.com/EnEspanol.html) en el marco de las XXI Jornadas Españolas de Terapia Familiar bajo el título Pensamiento y Acción Sistémicos en la Comunidad, celebradas el pasado viernes y sábado en Cuenca. Las mismas fueron organizadas por la Asociación Castellano-Manchega de Terapia de Pareja y Familia y la Federación Española de Asociaciones de la Terapia de Familia.

Bajo el prisma de la psicología estructural el terapeuta familiar defiende que el cambio que han de experimentar las familias se debe producir desde adentro hacia fuera y advierte que hay que tener muy presente la sobre – involucración de las entidades de servicios sociales en las relaciones familiares. Para ello describe el proceso de dilución que se produce en las relaciones de las familias intervenidas “la familia no necesita resolver los conflictos, para ello ya esta el operador (léase Trabajador/a Social)” El citado proceso es descrito por Jorge Colapinto, apoyándose en secuencias de entrevistas de casos, lo va desgranando en las siguientes fases: el “Bing – Bang” (las instituciones de servicios sociales entran en juego), los caminos paralelos (“…retirada del hijo y la madre a un programa de desintoxicación…”) proliferación de servicios sociales (hogar de acogida, programa de desintoxicación, servicios sociales de base,…con la consabida ausencia de coordinación), la entrada de los Dioses del Olimpo (los Terapeutas Familiares, profesionales amigos, frente a los profesionales enemigos ¿Trabajadores/as Sociales?), la re – estructuración y por último parentalidad cancelada. Para finalizar destacamos los siguientes pensamientos del profesor Colapinto:

“Hay que percibir los problemas en clave de interacción… cambia la forma de relacionarse y cambiaras las percepción del problema”
“El contacto es mejor que el no contacto y hay que hablar claro, la realidad puede ser injusta pero es la realidad”

En la jornada del sábado intervino psiquiatra y psicólogo, Juan Luis Linares
. Su ponencia giro sobre dirimir el siguiente dilema ¿Familias multiproblemáticas o individuos con trastornos de vinculación social? Al final llegamos a la conclusión que “qué más da”. Antes de llegar a esa afirmación enumero las características que han de tener una familia multiproblemática: fracaso en la parentalidad y conyugalidad, inadecuada atmósfera relacional, organización caótica y mitología negligente, carencia nutricia relacional y alarma social. Todos estos elementos son analizados desde los conceptos: identidad, narrativa, organización y mitología. Subrayar que el profesor Linares aporta pista que pueden orientar la intervención del terapeuta (o del profesional del Trabajo Social): intervenir desde instituciones arraigadas en los territorios (“mejor desde los servicios sociales que desde un hospital”), coordinar las diversas intervenciones (“no hay que responder al caos con el caos”), setting flexible, evitar responder con rigidez (“si llegas tarde no te atiendo”), manejar recursos materiales sin renunciar a la reformulación de la demanda relacional, evitar dinámica de delegación y sustitución (“que sean las familias quien generen sus propios recursos”) y favorecer las tendencias aglutinadoras, incluso si son molestas o contestatarias. Son orientaciones pero lo mejor es dejarse llevar por “la danza de la intervención”.

“El diagnostico es un mapa que te guía pero cuando vas en el coche no lo miras”

“Algunos componentes de las familias multiproblemáticas son pequeños lideres anarquistas”

Actualmente, Juan Luis Linares es profesor titular de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Barcelona y director de la Unidad de Psicoterapia y de la Escuela de Terapia Familiar del Hospital de la Santa Creu y de Sant Pau de Barcelona.

Crónica elaborada por Manuel J. Maldonado

jueves, 23 de julio de 2009

La gestión de caso


Las sociedades modernas occidentales disponen de mayores recursos económicos y sociales, y poseen un amplio abanico de recursos, medidas legales y servicios; pero también presentan una multiplicación de servicios y funciones, con frecuente opacidad social y descoordinación intra e intersistemas de protección. La amplitud de la oferta no es sinónimo de garantía de acceso a los dispositivos sociales, ni de su disfrute. Tampoco garantiza la participación de los ciudadanos afectados en los recursos sociales, ni la adecuación de estos a sus necesidades y características. La oferta asistencial se convierte en el "Laberinto de Ariadna". La garantía de derechos sociales y civiles a los ciudadanos queda en entredicho. Frecuentemente el laberinto asistencial se caracteriza por la repetición de unos servicios, de funciones, así como por la ausencia de otros. La descoordinación entre servicios de un mismo sistema asistencial (el social o el sanitario, por ejemplo) y también entre dispositivos de diferentes sistemas (entre el social y el judicial, o entre el sanitario y el social, por ejemplo) es otro de los elementos del complejo asistencial actual.

Ante estas circunstancias, la gestión de caso se concibe como una orientación y un método de consejo y ayuda profesional para caminar más eficazmente por los vericuetos laberínticos de los sistemas asistenciales, a fin de conseguir los objetivos acordes con las necesidades e intereses de los ciudadanos atendidos.

La Case Management Society of America (CMSA) define la gestión de caso como "un proceso de colaboración en el asesoramiento, planificación, acceso (o facilitación) y defensa de las opciones y servicios, para encontrar las mejores opciones a las necesidades de salus de los individuos, mediante la comunicación y los recursos disponibles a fin de promover la calidad y la eficacia de costes en los resultados."

La National Association of Social Work (NASW) lo entiende como "un método de provisión de servicios por parte de un profesional que valora las necesidades del cliente y de la familia del cliente, en colaboración con él, y aconseja, articula, coordina, monitoriza, evalúa y defiende las necesidades y los intereses de sus clientes y propone un paquete de medidas y/o servicios acorde a las necesidades varientes del cliente."

La gestión de caso es un enfoque de proximidad, no solo porque se aproxima al espacio personal del cliente y trabajo conjuntamente con él, sino también porque trabaja (visualiza, coordian, informa, media...) con el sistema local asistencial de protección (social, sanitario, judicial, asegurador....)

Cristina Rimbau, profesora de Trabajo Social en la Universidad de Barcelona, realiza una aproximación histórica y conceptual a la gestión de caso, y la compara con la experiencia española. Lo hace en un número doble de la Revista Políticas Sociales en Europa nº 25 y 26, correspondiente al año 2009, que se dedica monográficamente a la cuestión, bajo el título Gestión de caso (y métodos afines) en Servicios Sanitarios y Sociales. Lo publica Hacer Editorial y recoge los contenidos de las VII Jornadas del Seminario de Intervención y Políticas Sociales (SIPOSO) dirigido por Demetrio Casado. El SIPOSO tiene una página web "que pretende ser accesible": http://polibea.com/siposo/

Nuestra compañera y profesora MªCarmen Sánchez también realiza una pequeña aportación es esa revista.