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lunes, 31 de mayo de 2010

Cuando el mundo es un prostíbulo


Lola Galán, en El País de 30 de mayo de 2010

Las niñas y jóvenes que se ofrecen por unas pocas rupias en los prostíbulos gigantescos de Kamathipura y Falkland Road, en Bombay, no son muy diferentes de las adolescentes del este europeo encerradas en clubes de alterne de Mestre, cerca de Venecia. O de las jóvenes nigerianas retenidas, bajo amenaza de muerte, en cortijos perdidos entre los invernaderos de Almería, como las que liberó la policía hace unos días. Unas y otras son esclavas sexuales. Un término aparentemente desfasado en pleno siglo XXI que describe, por desgracia, una realidad nada infrecuente. Más de un millón de adolescentes y de mujeres jóvenes alimentan hoy este sórdido negocio que proporciona a quienes lo explotan miles de millones de euros de beneficios al año. Mujeres vendidas, engañadas o raptadas por los propios grupos mafiosos que controlan el tráfico sexual.

¿Cómo se desarrolla la trata en el mundo global? ¿Quiénes son sus víctimas y quiénes los verdugos? "Las víctimas son mujeres jóvenes, pobres, muchas pertenecen a minorías étnicas, o proceden de países inestables y están desesperadas por emigrar. También los campos de refugiados son terreno propicio para reclutarlas", explica Siddharth Kara, en conversación telefónica desde su casa de Los Angeles. Es autor de un libro sobre el tema, Tráfico sexual. El negocio de la esclavitud moderna, que publica ahora Alianza Editorial. Kara, de 35 años, ex empleado del banco de negocios Merrill Lynch, dejó su lucrativo trabajo para iniciar en el año 2000 una serie de viajes por el mundo que le llevarían a través de tres continentes al corazón del tráfico sexual.

En los países del sur y del este de Asia, en Estados Unidos, en el este de Europa, en los Balcanes y en Italia, Kara tomó contacto con esclavas, trabajadores sociales, proxenetas y algún traficante. El resultado de este amplio trabajo de campo es el libro sobre este negocio inhumano, que hace hincapié en los aspectos económicos sin olvidar el drama profundo de las jóvenes explotadas. Dramas como el de Mallaika, una ex esclava sexual que Kara encontró en Bombay. Casada a los 13 años, tras parir dos hijos muertos, el marido la vendió a un proxeneta cuando apenas había cumplido los 16 años. Mallaika trabajó toda su juventud como esclava sexual, obligada a satisfacer a decenas de clientes al día. En el gigantesco burdel imperaba la ley más brutal. Todos los días morían violentamente esclavas como ella. Después pasó a trabajar como prostituta por el sistema indio de adhiya. La mitad de lo que ganaba era para el dueño del prostíbulo. Infectada con el virus del sida cuando Kara la encontró, Mallaika era consciente de que sus días estaban contados.

Siddharth Kara, miembro de la dirección de la ONG Free the Slaves, creada en 2000 por un grupo de intelectuales para luchar contra la esclavitud, cuenta que su interés por el tema surgió en sus años de estudiante en la Universidad de Duke (Carolina del Norte). En 1995, Kara pasó unas semanas en el campo de refugiados de Novo Mesto (Eslovenia). Allí, una joven bosnia le contó que soldados serbios raptaron a algunas de sus compañeras y las llevaron a prostíbulos de Belgrado.

Ese recuerdo nunca le abandonó. Y en 2000, con algo de dinero ahorrado, una mochila escueta, una cámara de fotos y una grabadora, se lanzó a la aventura de ver cons sus propios ojos la naturaleza de la trata de mujeres. "Calculo que ahora mismo hay en torno a 1,3 millones de esclavos sexuales, la mayoría mujeres y niñas", dice Kara. "Pero no debemos olvidar que son muchas más las personas atrapadas como esclavas en el negocio de la prostitución".

Kara cree que una de las razones del auge de este comercio es su rentabilidad, sólo superada por el tráfico de drogas. Pero con un riesgo mucho menor. ¿Por qué se arriesgan menos a ser detenidos los mafiosos que controlan el tráfico sexual? "Hay varias razones. La corrupción policial, la de los guardias fronterizos, la del sistema judicial. Tampoco hay fondos para atender a las esclavas que consiguen liberarse y es difícil que denuncien a los traficantes. Además, las fuerzas encargadas de luchar contra esta lacra no tienen medios, ni están coordinadas globalmente".

Cuando Siddharth Kara inició su investigación, se encontró con que no había datos ni evidencias testimoniales de la trata. "Apenas se le dedicaba atención. Ni siquiera en la prensa. Hoy hay más interés, pero no siempre es un interés sano. Hay periodistas y miembros de ONG que sólo pretenden contar historias sensacionalistas con las que construir sus propias carreras. Además los recursos económicos son limitados. Por no sé que razón la lucha contra la trata está subordinada a otros problemas, como el terrorismo, el tráfico de drogas, o la inmigración. Aparte de que hay una apatía institucional histórica a la hora de reconocer las dimensiones de este problema y darle una solución. Seguramente porque las mujeres están todavía discriminadas en el mundo, reciben menor atención".

La vida de las esclavas sexuales está dominada por un mismo horror, ya sea en Oriente o en Occidente, al Norte o al Sur. Kara ha entrevistado a jóvenes que sobreviven medio drogadas en los prostíbulos más sucios de Bombay y a chicas del este europeo obligadas a hacer la calle en Roma, y ha encontrado trágicas similitudes. "Podría parecer más sórdida la situación de las esclavas sexuales en India, pero el trato que reciben estas jóvenes tiene aspectos comunes en ambos países. Todas sufren continua violencia, son torturadas y amenazadas constantemente, y obligadas a mantener relaciones sexuales con decenas de individuos al día. En India, la prostitución está prohibida y todo se hace a escondidas, mientras que en Italia, la prostitución callejera está autorizada salvo para las chicas menores de edad".

En la ciudad santa de Benarés Kara se encontró con Devika, una adolescente con una historia estremecedora. "Cuando tenía 13 años, un día un hombre, al que conocía por el nombre de Raj, me abordó camino de la escuela. Me cogió de la mano y me dijo que me mataría si gritaba pidiendo ayuda. Me llevó a su casa y me violó. Abusaba de mi todos los días y traía a otros hombres para que tuvieran relaciones sexuales conmigo". Hasta que pudo ser rescatada, Davika pasó meses trabajando en la casa-prostíbulo de Raj que la obligaba a tener relaciones sexuales con más de 20 hombres al día.

Su historia, salvando las enormes distancias culturales y geográficas, se parece a la de Tatyana, una chica moldava de 18 años que pasó 26 meses como esclava sexual en Italia.

El error de Tatyana (los nombres que cita Kara en su libro no son auténticos) fue presentarse al anuncio publicado por un diario de su ciudad natal, Chisinau (Moldavia), en el que se solicitaban chicas para trabajar en el servicio doméstico en Italia. "Nada más salir de mi casa, mis compañeros me violaron, y luego me tuvieron varios días sin comer. Me obligaron a orinarme encima", relata en el libro. Su primera parada fue Serbia, donde fue comprada por traficantes albaneses. Más tarde fue vendida de nuevo en Albania. De allí pasó a Grecia, donde los mafiosos que la acompañaban la subieron a un ferry rumbo a Italia. "Allí los albaneses la metieron en el maletero de su coche", relata Kara en su libro, "y la llevaron directamente a Milán, donde fue vendida al propietario de un club nocturno". Todas las noches tenía que alternar con los clientes, y satisfacerles sexualmente. "Cuando no quería beber, el propietario me inyectaba tranquilizantes para animales".

La oferta de esclavas sexuales en Italia es tan abundante, que los precios del acto sexual se han reducido a la mitad. La clientela se ha multiplicado. Hoy día, constata Kara en su libro, "frecuentar prostitutas está cada vez más integrado en la cultura italiana". Después de ser explotadas en los tugurios de Roma, Turín, Mestre o Milán, muchas de estas mujeres son enviadas a otros países de Europa donde continúa su calvario.

Clientes no les faltan. Según Kara, en el mundo entero, entre el 6% y el 9% de los hombres mayores de 18 años compran sexo de esclavas al menos una vez al año. Reconoce que ya sea por entretenimiento, por impulsos violentos o por cualquier otro propósito, no hay rincón del mundo donde los hombres no acudan a los prostíbulos. Estados Unidos, con leyes prohibicionistas muy estrictas e implacablemente aplicadas, es uno de los lugares donde el comercio sexual parece tener menos éxito. Pero no deja de ser una excepción.

¿Qué caracteriza a los consumidores de este sexo barato? "No soy la persona indicada para responder a esta pregunta. Es cierto que algunos hombres lo consumen sin mayores problemas de conciencia. Hay razones biológicas, sociales, no lo sé. Obviamente, sin hombres dispuestos a pagar por sexo no existiría esta esclavitud. Pero no todos los hombres son responsables de ella. Solo una pequeña parte".

Entre los clientes de inmundos salones de masaje, o de las prostitutas callejeras, están los inmigrantes, que llegan, muchas veces solos, a un país desconocido y hostil. "La globalización ha sido un agravante enorme. La trata de seres humanos es una de las consecuencias más horribles del capitalismo global, que ha generado enormes desigualdades económicas. Porque se produce un trasvase neto de riqueza y recursos de las economías pobres a las ricas junto a otro fenómeno, el de la falta de derechos humanos en los países en desarrollo".

¿Y la religión? ¿Juega algún papel en este fenómeno? Kara que ha viajado varias veces a Tailandia, otro de los países con mayor oferta de esclavas sexuales y prostitutas menores de edad, cita el budismo theravada, religión oficial, como una de las últimas razones del desprecio hacia la mujer, considerada como una reencarnación inferior al hombre. Pero tampoco el hinduísmo es más compasivo con las mujeres, ni los ritos africanos. Las mujeres nigerianas atrapadas en el tráfico aceptan muchas veces condiciones de vida terribles sin quejarse, por temor a los ritos Ju ju, a los que están sometidas. "Existe todavía una opresión bastante generalizada de las mujeres por parte de los hombres. Y la religión es un medio más para someterlas. No es culpa de la religión en sí, sino del uso que se hace de ella", dice Kara.

El autor de Tráfico sexual ha seguido con interés las leyes liberalizadoras de la prostitución en algunos países europeos, caso de Holanda. Y no parece convencido de que sirvan para erradicar la trata de mujeres. "La legalización de la prostitución es mala porque se utiliza como una pantalla, un escaparate detrás del cual se desarrolla el mismo comercio sexual con esclavas en las condiciones más terribles".

Siddharth Kara relata en su libro sus recorridos por los barrios más degradados de Bangkok donde abundan los prostíbulos inmundos. Allí se encuentran auténticas esclavas, adolescentes que cobran apenas cuatro euros la hora de sexo, y donde la atmósfera es deprimente y sórdida hasta extremos inauditos. También hay prostíbulos suntuosos para los turistas ricos y hombres de negocios que llegan al país en busca precisamente de eso. Lugares de lujo para los ricos, y tugurios para los pobres. Sexo de pago para todos. Hasta los esclavos traídos de Birmania, Laos y Camboya, para construir carreteras y edificios de viviendas, recibían un salario minúsculo, "con el que podían permitirse el sexo con esclavas", señala Kara.

Frente a este panorama desolador, el autor propone más que soluciones nuevos enfoques del problema. Lo primordial, en su opinión, es hacer la vida de traficantes y explotadores mucho más difícil. Que las mafias no operen con la impunidad actual, que sufran persecución y cárcel. Que la cosecha anual de esclavas sea cada vez más incierta y escasa. ¿Y una mayor concienciación de los clientes? Siddharth Kara lo ve menos factible. Mientras la oferta exista, la demanda no decaerá nunca.


sábado, 13 de febrero de 2010

HETAIRA: Nuestra experiencia en lucha por los derechos de las prostitutas


Transcribimos una parte de la ponencia "Hetaira: nuestra experiencia en lucha por los derechos de las prostitutas presentada", presentada por Silvia García, trabajadora social del Colectivo Hetaira de Madrid, en la II Jornada de Trabajo Social organizada por la E.U.T.S. del País Vasco y el Colegio Oficial de Diplomados/as en Trabajo Social de Vitoria. Tuvo lugar el 2 de abril de 2009 y todos los trabajos presentados se reúnen bajo el lema "Hacia una intervención con perspectiva de género".


Hablar de feminismo y prostitución es hablar de dos realidades conflictivas que, en un momento de la historia, encontraron un punto de intersección: a comienzos de la década de los noventa, algunas feministas con la inquietud de discutir algunos temas hasta entonces casi tabúes dentro del movimiento de Madrid, organizaron unas jornadas a las que invitaron a participar a dos prostitutas.

Una de ellas era Carla Corso, del Comité por los Derechos Civiles de las Prostitutas Italianas, y la otra, Purificación Gutiérrez, trabajadora de la zona centro de Madrid que después sería cofundadora de Hetaira. Tras este primer encuentro y durante algunos años, estas mujeres continuaron sus reuniones con prostitutas y transexuales femeninas de nacionalidad española para conocerse y aprender a compartir un mismo lenguaje. Ese tiempo fue decisivo para comprender el mundo de la prostitución -muy apartado de nuestras vidas- y para entender sus preocupaciones.

Las feministas de entonces y las demás cuando nos acercamos por primera vez a este tema, arrastramos ideas interiorizadas, de las que no nos es fácil desprendernos. Se critica a las putas por el hecho de serlo y se promociona la idea de que es el peor oficio que una mujer puede realizar, no sólo por las condiciones en las que se ejerce sino también por lo que significa para las mujeres en general que unas pocas vendan servicios hechos con su cuerpo y, particularmente, a través del sexo.

Mis compañeras más veteranas comenzaron a fraguar la posibilidad de un proyecto, en un tipo de experiencias organizativas más novedosas, -que no tenían que ver con el asistencialismo-, que se estaban fraguando desde los años 80 en países como Estados Unidos y Holanda, organizaciones en las que prostitutas y feministas exigían derechos para quienes trabajan en la industria del sexo.

Optamos por trabajar con el sector de prostitutas olvidado porque eran quienes mayor desprotección encontraban a la hora de ejercer, las más visibles y las más indeseadas, por tanto, quienes mayor apoyo y autoapoyo necesitaban. Conforman el grupo de las “malas mujeres”, las “viciosas”, las que escapan del control de la sexualidad patriarcal, las que no se sienten “objeto” sino “sujeto”; las que tienen varias relaciones sexuales al día, las que cobran dinero por ello, las que inquietan a toda la sociedad. Incluso los sectores feministas abolicionistas de la prostitución, las acusan de “traidoras”. Y éstas fueron las mujeres con quienes quisimos establecer una alianza. Generar lazos de solidaridad entre mujeres es, al fin y al cabo, el espíritu del feminismo.
Hubo un largo camino que recorrer, así nació HETAIRA, un colectivo de mujeres muy heterogéneo (sin excluir la participación de hombres), que nos dedicamos a la defensa de los derechos de las trabajadoras del sexo. Nuestro objetivo principal fue siempre el tener la posibilidad de crear “con” ellas, y “junto” a quiénes deseaban continuar ejerciendo una organización que reivindicase sus derechos y mejorase sus condiciones de vida y su salud física y psíquica. Prostitutas y no prostitutas trabajando en un único proyecto. El nombre de la asociación, HETAIRA, hace referencia a las mujeres que se prostituían en la Antigua Grecia y que gozaban de una gran consideración social, tenían acceso a la cultura, llegando incluso, algunas de ellas, a casarse con altos dirigentes de la polis.

Nuestra sede está ubicada en el centro de Madrid, cerca de una zona de ejercicio de prostitución callejera. Queríamos establecernos en un espacio, un lugar de encuentro, donde poder socializar problemas y buscar soluciones. Nuestra filosofía pasa por no considerar a las prostitutas ni víctimas ni esclavas y esta filosofía ha marcado evidentemente nuestra actuación cotidiana.

¿Cómo trabajamos?
Nuestros planteamientos teóricos se traducen en la praxis en varios objetivos:

• Acabar con el estigma, es decir, la visión tan peyorativa y discriminatoria que tiene la sociedad
en su conjunto hacia ellas. Gail Petherson afirma que “esta estigmatización es el eje fundamental
de la definición misma del trabajo sexual”.1 El estigma significa ser siempre considerada una puta y que toda tu vida se vea reducida a esa categoría y todos sus actos se van a juzgar desde ese prisma.

La estigmatización de las prostitutas es un elemento fundamental de la ideología patriarcal, es un
instrumento de control para que las mujeres nos atengamos a los estrechos límites que, aún hoy,
encorsetan la sexualidad femenina. Las putas representan todo aquello que una mujer “decente” no debe hacer y su criminalización sirve para escarmentar en cabeza ajena.

La estigmatización está íntimamente ligada al concepto de exclusión social, el cual alude a procesos, situaciones y mecanismos bajo los que una parte de la población, personas, grupos o territorios quedan al margen de la participación en los intercambios, prácticas y derechos sociales que constituyen la integración social. La exclusión social implica, en su raíz, una cierta imagen dual de la sociedad, en la que existe un sector integrado y otro excluido, que nos remite a un hipotético orden social en términos de “deber ser”.

[...] uno de los objetivos principales de nuestro trabajo en Hetaira es la lucha contra la estigmatización de las prostitutas, teniendo en cuenta que la interiorización del estigma es uno de los elementos que más dificultan el que las trabajadoras del sexo puedan erigirse como sujetos sociales y dotarse de autoridad para defender sus propios intereses. Quienes no pueden superar la vergüenza y la marca de ser puta negarán a menudo dedicarse al ejercicio de la prostitución. Se espera de ellas el arrepentimiento y la victimización, no el orgullo y la dignidad.

• Apoyo concreto en sus problemas cotidianos, con atención individualizada.

• Promover lazos de solidaridad y apoyo que sirvan para generar embrión organizativo. No es fácil esta tarea, ya que los horarios dispares, la movilidad, la competitividad por el trabajo en las zonas, las diferentes prácticas sexuales que ofertan, las distintas formas de trabajar, la variedad de nacionalidades, la falta de documentación entre las inmigrantes, el no querer identificarse como prostitutas… son escollos difíciles de salvar. Un ejemplo muy claro de solidaridad entre compañeras, ocurre cuando hay grupos de chicas que trabajan juntas y se cuidan fijándose en las matrículas de los coches de los clientes y controlan el tiempo que tardan en volver sus compañeras, por si les pudiera suceder algo.

• Mediación en los conflictos que puedan surgir entre las trabajadoras como entre el vecindario
o la administración. La última acción organizada en la calle, a la que invitamos a vecinos y comerciantes, consistió en un evento que bautizamos como Pasarela Lumi-Fashion (Junio 2008) cuyo irónico lema era: “Moda que levanta... pasión”. Un grupo de trabajadoras del sexo de la calle se convirtieron en modelos de pasarela por un día para reivindicar la convivencia pacífica entre las chicas de la calle, los pequeños comerciantes y el vecindario; y no quedar excluidas ante la idea de un gran grupo inmobiliario de convertir el barrio Universidad en una zona fashion de la ciudad.

• Reforzar su capacidad de negociación para conseguir mayor autonomía y su autoafirmación como mujeres; creemos que es necesario aceptar su decisión, luchar por dignificar el ejercicio de la prostitución y a las propias prostitutas. Reivindicar unas condiciones dignas de trabajo, con derechos como trabajadoras del sexo y que dispongan de instrumentos legales para enfrentarse a los abusos de todo tipo que se dan frecuentemente (clientes, dueños de clubes…).

• Promover la conciencia sobre el reconocimiento de derechos para influir en las políticas que se planteen a nivel institucional, político o legal. Por eso intentamos acudir a todos los foros donde nos invitan y mantenemos debates con público diverso intentando hacer llegar nuestras propuestas, facilitando la comprensión de la realidad social que conocemos y que se cree opinión, al menos,que se cuestione la doble moral establecida.



[...] Por tanto, para favorecer la ruptura de barreras trabajamos desde nuestro local, a pie por la zona centro y con una Unidad Móvil que recorre los diferentes espacios de ejercicio al menos una vez por semana. Con la libertina, nuestra furgoneta, habilitada como un salón rodante, actuamos como un recurso de proximidad integral, ya que por las circunstancias personales y de trabajo, a veces les resulta complicado acercarse a nuestra sede; por ello, realizamos parte de nuestro trabajo in situ. De esta manera intentamos mantener relaciones de continuidad con las trabajadoras del sexo, un contacto personal y en el medio en el que trabajan. Esto nos facilita el conocimiento de las zonas y la intervención caracterizada por el apoyo mutuo. Observamos cómo y en qué condiciones trabajan, las relaciones que se establecen entre compañeras y con lo que las rodea.

Realizamos tareas de apoyo y contención, asesoramos desde diversos ámbitos, fomentamos el debate, escuchamos. Complementario a todo esto, lo que verdaderamente nos define es la relación de “tú a tú”, la posibilidad de que nos demanden lo que necesitan, la relación de retroalimentación, que sólo puede darse si somos compañeras para luchar por los derechos. Y consideramos importante apoyar su autoorganización.